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An Ethnographic Inventory

Más que texto: antropologías multimodales

La antropología multimodal hace uso de la particular condición hipermediada de nuestra época para experimentar con las formas de representación, análisis e indagación, tratando de superar la fijación disciplinar con lo textual. Podemos pensar en la antropología multimodal como un programa que especula con las formas posibles de indagación antropológica y que a través de gestos inventivos contribuye a renovar la relevancia del oficio antropológico.

Nuestro mundo se enfrenta a enormes desafíos, desde la crisis climática de nuestro planeta al creciente aumento de las desigualdades, pasando por presentes precarios que nos sitúan ante futuros cada vez más inciertos. Si bien ofrecer diagnósticos del presente infausto no parece una tarea difícil, ser capaz de atisbar futuros alternativos es, en cambio, un desafío complejo pero cada vez más necesario. Podemos afirmar entonces que la complejidad del mundo parece demandar de la antropología nuevas formas de hacerse cargo con nuestros presentes maltrechos y sus futuros inciertos. Estamos obligados a dotar de una renovada relevancia a nuestras indagaciones sobre el mundo. Una reflexión que conecta con la evidencia de una progresiva transformación del oficio antropológico a lo largo de las últimas décadas en sus distintas instancias, ya sea el trabajo de campo, los modos de análisis y teorización y las formas de representación del conocimiento. En ese contexto de complejidad creciente de nuestros mundos sociales y cambios progresivos de nuestros modos de hacer disciplinares nos encontramos con toda una serie de proyectos que incorporan en la etnografía nuevas sensorialidades, inyectan un gesto experimental o exploran formas de colaboración diversas (con otras disciplinas, con las contrapartes en el campo, etc.).

El trabajo de campo, como bien sabemos, ya no es lo que era (Fieldwork is not what it used to be), ese es el argumento planteado años atrás George Marcus y James Faubion (2009). Así lo podemos constatar a partir de las propuestas de etnografías multi-situadas que responden a la geografía compleja de un mundo globalizado, la incorporación de todo tipo de tecnologías digitales que re-equipan el trabajo de campo, pasando por el interés por las relaciones inter-especie que redefinen el objeto mismo de la antropología. La etnografía se ha adaptado progresivamente a las nuevas realidades empíricas de nuestro y como parte de esa transformación nos encontramos también con exploraciones singulares de otros modos de representación del conocimiento antropológico que van más allá de lo textual. Ejercicios en los que se exploran lenguajes visuales, formatos expositivos o géneros de representación no tradicionales como la ilustración. A través de ese amplio repertorio de experimentaciones el oficio antropológico se ha abierto a otros tipos de relación más colaborativas al tiempo que abraza nuevos públicos a los que interpelar con sus creaciones.

Una figura que intenta capturar estas múltiples exploraciones en distintas instancias del oficio antropológico es la figura de antropologías multimodales. Para algunos autores la multimodalidad señala la centralidad de los medios (especialmente digitales) para el trabajo antropológico (Collins, Durington y Gill, 2017), aunque la propuesta de Mathew Collins y colegas va más allá de la pura digitalización para lanzar una propuesta programática desde la que formulan una antropología que es colaborativa y que se implica públicamente: “multimodal anthropology, by which we mean not only an anthropology that works across multiple media but one that also engages in public anthropology and collaborative anthropology through a field of differentially linked media platforms” (Collins et al., 2017: 1). La propuesta de estos autores es valiosa, pero me resulta más sugerente la articulación que hacen Gabriel Dattatreyan e Isaac Marrero (2019) al pensar la multimodalidad como una línea de exploración con las políticas de la invención en la disciplina a partir de la cual se experimenta con la sensorialidad, la experimentación y la performatividad de la práctica antropológica. Para Marrero y Dattatreyan, la antropología multimodal es multisensorial antes que textual, antes que representar buscar performar y que más que descriptiva es inventiva.

Siguiendo estas líneas de reflexión querría pensar en la antropología multimodal como un conjunto de prácticas a través de las cuales la antropología se abre a la invención de formas de expresión y representación, de relación y producción de conocimiento a través de múltiples modos relacionales y representacionales. A través de ellos los antropólogos y antropólogas exploran otros modos de indagación, se abren a nuevos lenguajes y formatos para presentar su conocimiento y son capaces de interpelar a públicos amplios y diversos. La antropología multimodal, en definitiva, busca animar la condición inventiva del oficio antropológico, una formulación que bebe de la propuesta programática reciente elaborada por Gabriel Dattatreyan e Isaac Marrero (2019).

Ilustraciones de Manuel João Ramos de su libro de 2010 Historias etíopes.

En tiempos recientes toda una serie de experimentos antropológicos exploran formas diversas de registro, representación e indagación mediante, tres categorías son importantes porque señalan tres instancias del oficio antropológico en las cuales se producen cambios específicos: el trabajo empírico, las formas de análisis y las prácticas de representación. De manera amplia podría decirse que las antropologías multimodales nos abren a experimentos en cada una de esas instancias de la indagación antropológica, por ejemplo: plataformas web para el análisis colaborativo, registros gráficos que permiten el uso de otros lenguajes (como el cómic), géneros performativos y teatrales que permiten otras formas de representación y de indagación… En definitiva, vemos proliferar etnografías que abandonan su apego por la monografía textual como forma paradigmática y producto final para internarse en la exploración de otros registros multimodales y formas experimentales de indagación.

Consideremos un ejemplo paradigmático para explicitar algunas de estas cuestiones, se trata del proyecto The Asthma Files, desarrollado por los antropólogos Kim Fortun, Mike Fortun y una serie de colaboradores para el estudio social de la afección del asma y otras dolencias respiratorias (Fortun et al., 2014). En lugar de acudir a un servicio de neumología de un hospital, o ponerse en contacto con una asociación de personas afectadas por el asma, los antropólogos han diseñado una plataforma digital (The Asthma Files) en la cual están involucrados pacientes, médicos, expertos diversos y diseñadores de software. La infraestructura les permite estar en contacto, trabajar, compartir datos y realizar análisis compartidos a partir de la infraestructura de archivo que han diseñado, como argumentan los autores: “En un sentido amplio, el género del archivo y la estructura de archivos de The Asthma Files son experimentos con la tecnología y la textualidad, que permiten trabajar en pos de configurar análisis etnográficos sintonizados con los problemas complejos y las cambiantes condiciones de producción” (Fortun et al. 2014: 634).

El sitio web que han creado no tiene el propósito de publicitar la investigación o simplemente presentar resultados sino servir infraestructura para el trabajo conjunto de los participantes, una plataforma que “conecta a investigadores de forma novedosa, permite nuevos tipos de análisis y visualización de datos, y anima la implicación de los investigadores con problemas públicos y diversas audiencias” (Fortun et al. 2014: 634). El diseño de la infraestructura (a partir del software Drupal) llamada PECE (Platform for Experimental Collaborative Ethnography) forma parte integral del proyecto y es, de hecho, uno de sus resultados. Frente a los trabajos de campo de corte naturalista donde la antropóloga participa en un sitio dado, tratando de no interferir y perturbar la dinámica social existente, en el caso de The Asthma Files la etnografía (y así es como la definen sus autores) se desarrolla mediante el diseño de una infraestructura digital que construye, literalmente, el campo etnográfico y forma parte constitutiva de este. Como argumentan en su trabajo los Fortun: “hay una necesidad política crítica de desarrollar este tipo de experimentos, puesto que apuntan a otros tipos de conocimiento, construidos sobre la base de modos de colectividad distintos a los que nos hemos acostumbrado” (Fortun et al. 2014: 640).

El proyecto evidencia toda una serie de experimentaciones que se desarrollan dentro de la antropología en tiempos recientes y que la figura de antropologías multimodales trata de capturar. De manera particular, The Asthma Files permite evidenciar varios aspectos centrales que se encuentran presentes en muchas otras exploraciones multimodales, a saber: el uso de tecnologías digitales para el desarrollo de proyectos etnográficos, la colaboración como forma relacional de la etnografía y la experimentación como modalidad distintiva de producción de conocimiento antropológico. No son en absoluto dimensiones que estén presentes en todas las propuestas multimodales, pero sí son vectores que animan este tipo de experimentaciones antropológicas en muchas ocasiones.

Imagen de la plataforma PECE desarrollada por The Asthma Files.

Podemos decir también que esas distintas vocaciones no son novedosas en la antropología, y es muy cierto, pero las antropologías multimodales parecen acentuar tendencias presentes en la disciplina. Siguiendo la propuesta de Gabriel Dattareyan e Isaac Marrero me refiero a tres que vectores permiten caracterizar las antropologías multimodales: (1) el establecimiento de formas de colaboración múltiple en la producción del conocimiento antropológico, (2) la exploración de la sensorialidad del mundo más allá de la textualidad tan habitual en la antropología, lo cual abre la disciplina a explorar nuevos modos de representación antropológica y, (3) la experimentación con los métodos y, de manera amplia, los modos de indagación. Cada una de esas tres dimensiones se desarrolla seguidamente.

1. Colaboración

El trabajo de campo ya no es lo que era, así lo han argumentado algunos autores que señalan profundos cambios en nuestras formas de hacer etnografía (Faubion et al. 2009). El estudio de nuestra contemporaneidad parece demandar de la etnografía toda una serie de adaptaciones, entre las cuales emerge el impulso por superar a través de la colaboración las asimetrías implícitas en las relaciones entre antropólogas y sus contrapartes (Holmes y Marcus, 2008; Konrad, 2012). La reflexión no es ciertamente nueva pues se prolonga desde hace varias décadas, aunque sí lo son los modos específicos a través de los cuales se articulan esas colaboraciones y la manera de entender y conceptualizar esas relaciones en la época actual.

La invocación a la colaboración puede entenderse en un contexto amplio en el cual esta forma relacional se ha convertido en una figura extendida: activistas que aspiran a sustituir las relaciones jerárquicas por organizaciones horizontales, artistas que transforman a quienes antes eran sus públicos en colaboradores o instituciones que hacen de la colaboración institucional el distintivo de sus políticas y proyectos. A pesar de la diversidad de esos contextos, la colaboración es investida con una serie de virtudes que Monica Konrad (2012) ha sintetizado como una mayor atención al trabajo de los otros, formas de actividad más efectiva y la producción de beneficios mutuos, estas son algunas de las cualidades que se le atribuyen.

Las llamadas insistentes a la colaboración en múltiples ámbitos sociales pueden entenderse como un fenómeno epocal, indicador de ciertas sensibilidades ético-políticas, formas organizacionales y modos epistémicos que se desarrollan de manera distintiva en nuestra contemporaneidad. Las invocaciones actuales a la colaboración en la antropología pueden comprenderse también en ese contexto histórico, como el efecto de transformaciones de nuestros mundos sociales que resuenan en las prácticas disciplinares de la antropología. En el caso de la antropología, la orientación hacia lo colaborativo es un claro indicador de reorientaciones en la sensibilidad etnográfica contemporánea de la disciplina.

Frente a la retórica de novedad, no es difícil afirmar, sin embargo, que la antropología tiene una larga historia de colaboración con aquellos pueblos y sociedades que ha estudiado. Hacer etnografía requiere que acepten la presencia de uno y que nuestros interlocutores se presten a las muchas y diversas solicitudes (formales e informales) que una antropóloga hace durante su trabajo de campo: pedimos que nos relaten ciertos hechos pasados, demandamos entrevistas, solicitamos estar presentes en este o aquel acontecimiento… La realización de etnografías ha requerido históricamente lo que podríamos describir como la colaboración de nuestras contrapartes en el campo. Pudiera parecer que esta afirmación se contrapone con lo dicho anteriormente al señalar la emergencia de la colaboración como figura relacional distintiva de la contemporaneidad, sin embargo, lo que evidencia es la variabilidad de las formas de colaboración y las distintas maneras de entender y practicarla.

Desde los primeros relatos antropológicos basados en informantes clave, pasando por la recopilación de narraciones de terceros realizadas por antropólogos de gabinete (arm-chair anthropologists), hasta las prácticas de trabajo de campo más actuales, los antropólogos siempre han dependido de otros para la producción de conocimiento (Stull y Schensul, 1987). La antropología de los pueblos originarios norteamericanos es un ejemplo del papel fundamental que los informantes clave han desempeñado en la disciplina. Luke Eric Lassiter (2008) ha descrito cómo, de Lewis Henry Morgan a Franz Boas, el trabajo de estos informantes clave no se redujo simplemente a proporcionar información. George Hunt, miembro del pueblo Kwakiutl con el que Boas trabajó, fue fundamental en las actividades de traducción e incluso en la escritura de textos de los que fueron co-autores. Aunque explicitado en algunos trabajos antropológicos clásicos, ese reconocimiento ha sido siempre una excepción antes que una norma.

Podemos reconocer entones la condición colaborativa que implica cualquier etnografía, pero lo cierto es que sería también necesario matizar esa caracterización. Aunque Boas co-escribió numerosas de sus obras con Hunt, el examen detallado de esa relación revela que el segundo estaba a sueldo y ejercía de asistente de Boas, quien marcaba la agenda de trabajo. Describir este tipo de vinculación como colaboración requiere, pues, clarificar y cualificar la relación asimétrica y el acto extractivo que la caracteriza: son relaciones atravesadas por una profunda asimetría entre un (otro) informante y un antropólogo informado. En un intento por establecer una heurística que distinga diferentes tipos de colaboración hemos sugerido designar este tipo de relación como ‘colaboración modo 1’.

En la década de los ochenta, como parte de los intentos por renovar y revigorizar la disciplina, la colaboración fue reclamada como un medio para crear formas antropología implicada (engaged anthropology) o etnografías activistas más comprometidas, una estrategia metodológica que permitiría a los antropólogos articular su responsabilidad ética con las comunidades estudiadas. Querría destacar dos rutas diferentes en estas invocaciones a la colaboración, de un lado etnografías que señalan el momento y lugar del trabajo de campo como el locus óptimo para la colaboración. En estos casos, la colaboración se entiende como una estrategia para establecer relaciones simétricas y horizontales con las contrapartes en el campo. Para Nancy Scheper-Hughes (1995) esta forma de colaboración implica un intento de involucrar y empoderar a las comunidades marginadas. Se trata de una práctica antropológica en la que el proyecto etnográfico deja de tener primacía, como ocurrió en su caso al asumir distintas estrategias de implicación como: denuncias mediáticas, testimonios de situaciones de opresión y todo tipo de formas de trabajo comunitario.

Bien como modo de implicación comunitaria o mediante formas de escritura conjunta, hemos llamado a este tipo de trabajo de campo atravesado por un compromiso político o ético ‘colaboración modo 2’. Mientras que el modo 1 de colaboración presta atención a la condición asimétrica del flujo de información durante el trabajo de campo, el modo 2 de colaboración señala la capitalización de la información por antropólogos y propone como solución buscar una relación simétrica que se haga cargo del compromiso ético y político de la antropóloga. Cada uno de esos modos señala lugares específicos para la colaboración (el campo o la representación), prácticas concretas (el suministro de datos o la escritura) y motivaciones (producción de información o compromiso ético). Aunque esta breve descripción señala un vector cronológico, esta tipología no demarca etapas históricas sino formas distintivas de entender el locus, significado y práctica de la colaboración . En tiempos recientes hemos visto otras maneras de concebir y practicar la colaboración etnográfica, una que busca superar la asimetría tradicional de nuestras etnografías sin invocar de manera explícita (que no significa que no lo tenga) el compromiso político con sus contrapartes , nos hemos referido a ella como ‘colaboración modo 3’, una práctica etnográfica de contornos experimentales que describimos como una ‘colaboración experimental’ (Sánchez Criado y Estalella, 2018).

Esta es una forma de colaboración que pretende superar la asimetría tradicional de nuestras etnografías sin invocar necesariamente el compromiso político con sus contrapartes. Diría que el tipo de colaboración desarrollada, por ejemplo, en el proyecto de Kim y Mike Fortun puede caracterizarse en estos términos. En muchos casos, estas experimentaciones no producen relaciones horizontales ni implican el borrado de diferencias (disciplinarias, sociales, etc.), al contrario, a menudo surgen a partir de un trasfondo de fricciones, diferentes conocimientos, diversidad epistémica y malentendidos sociales. En lugar de describir las relaciones de campo mediante nociones de solidaridad y equidad, la colaboración se expresa aquí mediante situaciones experimentales y tentativas, sobre todo ello nos hemos extendido en otro lugar (Estalella y Sánchez Criado, 2018). En estos ejercicios los interlocutores de la antropóloga ya no son simples informantes porque unos y otras se involucran en exploraciones conjuntas que hacen de ellas lo que llamamos ‘acompañantes epistémicos’: contrapartes que se embarcan en el proyecto de construir conjuntamente problematizaciones antropológicas (joint problem making).

El concepto de colaboraciones experimentales nos permite describir la práctica antropológica como un ejercicio de diseño de las condiciones que nos permiten pensar y problematizar conjuntamente el mundo con nuestras contrapartes etnográficas. Un trabajo esforzando que resulta posible a través de dispositivos específicos para la problematización del mundo, esos que hemos llamado dispositivos de campo. Me gustaría pensar que las antropologías multimodales señalan modos de indagación articulados a través de colaboraciones de este tipo que nos abren a la experimentación con los modos de análisis y representación del conocimiento antropológico.

Los casos de proyectos antropológicos que exploran nuevas modalidades de colaboración para el trabajo antropológico son abundantes en tiempos recientes. El volumen sobre colaboraciones experimentales en la etnografía editado junto a Tomás Sánchez Criado (Estalella y Sánchez Criado, 2018) reúne un conjunto de proyectos en los cuales antropólogos y antropólogas se internan en colaboraciones diversas con artistas, científicos, diseñadores o técnicos de la administración pública. Todos ellas se esfuerzan por desarrollar el vocabulario conceptual para dar cuenta de esos proyectos etnográficos en los que las relaciones pueden estar cargadas de fricciones y malentendidos, pueden requerir de infraestructuras diversas para desarrollarse o de un esmerado cuidado de los eventos en los que el antropólogo se encuentra con sus interlocutores.

2. Sensorialidad

La antropología ha consagrado la escritura como la práctica paradigmática para su producción y circulación de conocimiento. Escribimos al hacer trabajo de campo y escribimos después nuevamente, tal es la formulación del trabajo antropológico que propone Clifford Geertz. La modernidad tardía ha asumido que la escritura es el lenguaje paradigmático para la expresión del conocimiento y aunque hay otros lenguajes (visuales, táctiles…), hemos consagrado a la escritura como la forma canónica para expresar nuestro conocimiento de manera precisa.

Esta es una situación singular porque pese a la fijación con lo textual sabemos que lo visual siempre ha formado parte de la antropología. Así nos lo recuerda la historiadora de la fotografía antropológica, Elizabeth Edwards. La famosa expedición de Cambridge al Estrecho de Torres realizada en 1898, comandada por Alfred Cort Haddon, realizó grabaciones de cine a pesar de que este medio se acababa de inventar solo dos años antes. No solo eso, sino que los siete expedicionarios (entre los que se encontraban algunas de las que serían figuras que después figuras centrales de la antropología británica, como William Halse Rivers Rivers y Charles Seligman) portaban con ellos la tecnología más avanzada del momento: una cámara de cine, siete cámaras fotográficas, un proyecto de linterna mágica y dos fonógrafos y otros instrumentos para la medición de sensaciones.

Grabaciones cinematográficas de la Expedición al Estrecho de Torres.

 

Desde Bronislaw Malinowski a Edward Evan Evans-Pritchard, pasando por Margaret Mead y Gregory Bateson, los antropólogos y antropólogas han hecho siempre uso de la imagen en sus múltiples formatos: fotografía, ilustración y cine (o vídeo). El caso de Evans-Pritchard es paradigmático pues sus trabajos de campo en la década de los treinta con los nuer y los azande produjeron un amplio archivo fotográfico. Los antropólogos visuales han criticado esa desatención y marginación que la antropología ha mantenido hacia lo visual. La disciplina sufre de eso que Lucien Castaing-Taylor llama ‘iconofobia’: un rechazo a la imagen basado en la idea de que esta no resulta fiable porque generalmente está sujeta a la interpretación y, por lo tanto, es difícil fijar su significado. A pesar de ese rechazo, la presencia secular de la imagen en las prácticas de la antropología evidencia que sus formas de registro han sido siempre más amplias que las textuales.

Los desarrollos de la antropología visual son precisamente relevantes para comprender cómo esa sensibilidad ha dado paso en tiempos recientes a otros formatos de representación, géneros estéticos, lenguajes visuales, intervenciones y todo tipo de proyectos etnográficos que exploran otras formas de registro y representación multimodales. Nos encontramos con plataformas web, registros gráficos en cómic, géneros performativos y teatrales… modalidades múltiples para la representación y expresión del conocimiento antropológico.

Las propuestas de antropología sensorial (y etnografías sensoriales) continúan esa crítica al textualismo de la disciplina. Desde la década de los noventa, una serie de autores y autoras han comenzado a señalar de manera insistente la relevancia de tomar en consideración los sentidos para entender la cultura y comprender qué es lo que nos hace humanos. Sus trabajos nos han revelado que la cultura está hecha de sensaciones, percepciones, sensualidad y sensorialidad. Con el desarrollo de esta área se produce eso que David Howes (2004) ha llamado la ‘sensualización de la antropología’, tanto en términos teóricos como prácticos. En términos similares lo ha planteado Paul Stoller (1997) hace tiempo la invocar la necesidad de desarrollar una actividad académica más sensual (sensuous scholarship). Esto significa que los sentidos se convierten no solo en un objeto teórico de investigación sino también un modo de indagación que abre la antropología hacia nuevos modos de presentar y compartir su conocimiento.

La antropología sensorial toma como punto de partida un hecho simple: el mundo que habitamos es un mundo sensorial, nuestra experiencia está constantemente atravesada por nuestros sentidos y que esta no puede ser reducida a lo racionalizable o lo verbalizable, hay mucho más que eso. Hay dos críticas importantes en ese punto de partida que constituyen un vector de inspiración para la emergencia de la antropología sensorial. De un lado la crítica al visualismo de la sociedad occidental, el oculocentrismo que durante los últimos dos siglos ha dominado no solo las prácticas de producción de conocimiento de la antropología sino de occidente; de otro lado, la crítica al verbocentrismo y textualismo, la fijación de la antropología con la expresión exclusiva del conocimiento mediante registros textuales.

No es sencillo renovar nuestros métodos y sus modos de representación, pero dos ámbitos que se señalan habitualmente como fuentes de inspiración productivas son el arte y las culturas digitales. La antropología del arte ha señalado desde hace dos décadas las posibilidades que se abren para revitalizar los modos de indagación de la disciplina a través de sus intercambios y aprendizajes cruzados con el arte. Este planteamiento resuena con las propuestas que desde la sociología hacen autores como Les Back en su llamada para dar ‘vidilla’ a los métodos (live methods). Back señala específicamente la oportunidad de hacer que la práctica sociológica (y antropológica, para el caso) sea más artística a través de la incorporación de formas de representación no escrita que son propias del mundo del arte: “that sociology might develop new ways of telling and showing its empirical evidence and arguments through using techniques established in sculpture, curatorial practice, theatre, music and television drama” (2012: 33). Junto a Nirmal Puwar, Les Back señalaba tiempo atrás la necesidad de incorporar formas de representación no escritas como la fotografía, las instalaciones y formas de visualización que son posibles a través de las tecnologías digitales: “live sociology involves developing the methodological opportunities offered by digital culture and expanding the forms and modes telling sociology through collaborating with artists, designers, musicians and filmmakers and incorporating new modes and styles of sociological representation. Su propuesta pasa por una práctica sociológica más artesanal y artística. Muy importante en esta argumentación, los autores sugieren la posibilidad de que las preguntas de investigación se puedan transformar en prácticas estéticas y proponen buscar nuevas colaboraciones con el mundo del arte y la cultura.

Las recientes propuestas de la antropología multimodal pueden situarse en este contexto y comprenderse como una continuación de ese amplio debate que pretende abrir las formas de representación de la antropología más allá de lo puramente textual. Los proyectos que exploran posibles formas de representación y comunicación digital son quizás un ejemplo paradigmático que evidencia las posibilidades de estas tecnologías, aspecto sobre el que insisten Samuel Gerald Collins, Matthew Durington y Harjant Gill. El reciente Feral Atlas publicado por Anna Tsing, Jennifer Deger y colegas es un ejemplo singular. Una plataforma web que nos invita a explorar las complejas ecologías que se desarrollan a partir de los proyectos infraestructurales y que evidencian la imbricación de entidades no-humanas con los humanos. Pero no todas las invenciones en las modalidades de representación están limitadas al dominio digital.

La utilización de reciente de formatos performativos y teatrales permiten evidenciar formas de expresión del conocimiento antropológico que van más allá de lo digital. El reciente volumen de Cassandra Hartblay (2020) ‘I Was Never Alone or Oporniki: An Ethnographic Play on Disability in Russia’ evidencia las posibilidades del género de escritura dramatúrgico para la etnografía. El volumen está escrito como una obra de teatro en la que se dan detalles de la etnografía que Hartbly realiza con personas con diversidad funcional en Rusia. Un ejemplo distinto es la obra basada en el trabajo de Andrew Irving ‘The Man Who Almost Killed Himself’, escrita y dirigida por terceros, la obra se basa en su texto ‘Ethnography, art, and death’ (Irving, 2007). Para Irving, el proceso de adaptación y co-creación, así como el trabajo de colaboración con actores, permite la creación de nuevas formas de conocimiento antropológico. Un último ejemplo puede encontrarse en la obra ‘Donde el bosque se espesa’, resultado de un gran proyecto de investigación sobre la memoria histórica en el que participaba el antropólogo Francisco Ferrándiz. La obra fue creada por una compañía profesional de teatro en colaboración con los miembros del proyecto de investigación.

Al uso de los géneros performativos se suma el expositivo. La antropología tiene una larga tradición en el uso de exposiciones, una actividad revitalizada en tiempos recientes, de la misma manera que el uso de la ilustración etnográfica ha sido renovado teóricamente (Ingold, 2011; Taussig, 2011) al señalar la posibilidad de la ilustración como dispositivo para documentación y registro en el trabajo de campo o como forma de representación del conocimiento antropológico. La serie de monografías con el formato de novela gráfica publicada por la editorial University of Toronto Press representa el esfuerzo institucional más claro por respaldar este formato. Aunque como señalan Tim Ingold y Michael Taussig, más allá de una forma de registro y representación, el dibujo nos permite explorar, nuevos modos de indagación donde ver y hacer, mirar y dibujar se hibridan en la misma práctica.

 

Imagen del Proyecto Feral Atlas.

3. Experimentación

Nuestros mundos se enfrentan a enormes desafíos y nuestros métodos parecen incapaces de responder a ellos. Si consideramos las ciencias sociales veremos que el repertorio de métodos que se utiliza y aprende es muy limitado: entrevistas, cuestionarios, grupos de discusión, observación participante (y etnografía), análisis de archivos… y algunos más. Las entrevistas y los grupos de discusión están especialmente extendidos entre las ciencias sociales. El repertorio de métodos es limitado y además esos métodos son insuficientes para acometer el estudio de determinadas realidades de nuestros mundos actuales.

Pensemos, por ejemplo, en la etnografía digital. Llevó muchos años hasta que la antropología asumiera primero que Internet y lo digital eran objetos relevantes para su estudio y, segundo, que la etnografía podía internarse en esos territorios sin perder su autenticidad (cualquiera que esta sea). Hoy en día, hacer etnografía digital o utilizar técnicas digitales se ha convertido en algo aceptado, aunque siguen siendo marginales en la formación disciplinar, más aún, sigue habiendo ámbitos de lo digital para los cuales la antropología no está ni teórica ni metodológicamente preparada, entre ellos: el estudio del Big Data, el análisis de los algoritmos… Si una antropóloga quiere enfrentarse al estudio de esas realidades se verá en dificultades, un ejemplo que evidencia que nuestros métodos no están preparados y que, habitualmente, requieren actualizar nuestro oficio y modos de indagación.

Una razón por la cual las ciencias sociales (incluyendo a la antropología) no están preparadas para el estudio de las realidades de nuestro mundo es que son pocos flexibles en la aplicación de sus métodos. Este es el argumento que plantea John Law desde los Science and Technology Studies (STS, Estudios de Ciencia y Tecnología). La etnografía se hace así, dura este tiempo, se ejecuta de esta manera y debe de producir este tipo de representación del conocimiento. Esa falta de flexibilidad metodológica resulta en la incapacidad para indagar un mundo que exige a menudo cambios, adaptaciones y re-conceptualizaciones de nuestros modos de indagación. Esto lo podemos ilustrar, nuevamente, con la etnografía digital, un método que requiere repensar completamente qué significa hacer etnografía en condiciones en las cuales el antropólogo no comparte co-presencia física con sus contrapartes en un mundo completamente mediado por tecnologías digitales.

La crítica que John Law (2004) hace en su obra After Method es especialmente relevante cuando señala la normatividad con la que los métodos se exponen (en manuales y aprendizajes, por ejemplo) y la hegemonía de ciertas versiones de estos. Nuestros métodos están dominados por ciertas versiones de los métodos según la cual deben practicarse de cierta manera y solo de esa. En realidad, toda antropóloga sabe de lo infinítamente flexible que es, por ejemplo, la práctica etnográfica y las múltiples expresiones situadas que tiene en las investigaciones que se hacen aquí y allá. Esto no significa que todo vale o que cualquier cosa cuente como una etnografía (por ejemplo), sino que es necesario reconocer una saludable diversidad que forma parte del quehacer del oficio etnográfico, y lo que vale para la etnografía se aplica también a otros métodos.

El argumento de Law es que necesitamos que nuestros métodos sean menos rígidos en su aprendizaje y en su aplicación, es necesario que dejen margen para la improvisación, la creatividad e inventiva tan necesaria en el trabajo empírico, así lo señala el autor: “the problem is not so much lack of variety in the practice of method, as the hegemonic and dominatory pretensions of certain versions or accounts of method. I will return to this question, that of the normativity of method, shortly” (Law, 2004: 4).

El argumento de John Law es que necesitamos pensar en los métodos de manera más amplia, más generosa, más flexible. Y para ello reclama unos métodos que sean más arriesgados y que no teman la incertidumbre; unos métodos que sean más lentos, más modestos, más vulnerables, más callados, más múltiples:

Method, in the reincarnation that I am proposing, will often be slow and uncertain. A risky and troubling process, it will take time and effort to make realities and hold them steady for a moment against a background of flux and indeterminacy (2004: 10)
[…]
To live more in and through slow method, or vulnerable method, or quiet method. Multiple method. Modest method. Uncertain method. Diverse method. Such are the senses of method that I hope to see grow in and beyond social science. (2004: 11)

Hay pues dos críticas presentes hacia nuestros métodos, de un lado la incapacidad que demuestran para hacer las preguntas desafiantes que demanda nuestra contemporaneidad, de otro lado, la rigidez que no permite que se adapten a los desafíos empíricos del presente, ante esa situación nos encontramos con diversas propuestas que lo que hacen es invocar la necesidad de que pongamos en práctica formas de inventiva metodológica.

Las críticas que John Law hace a la rigidez de nuestros métodos están también presentes en el trabajo de dos autoras Celia Lury y Nina Wakeford en su libro Inventive Methods: The Happening of the Social donde hacen una llamada a ser más inventivas en la creación de métodos, de tal manera que en el volumen que publican pueden encontrarse propuestas como la anécdota, el experimento o lo que llaman ‘probes’. Lo que las autoras llaman métodos inventivos, inventive methods, son:

Inventive methods are thus devices of auto-spatialization, whose movement […] is both topological and nomadic: topological in that they bring together what might have seemed distant, and disconnected and nomadic in that they are processual, iterative, emergent and changeable […] topological and nomadic, fixed and fluid, inventive methods have a multiple capacity for generalization that is precisely not monotheistic universalism (2012: 15)

What unites them, however, is that they are methods or means by which the social world is not only investigated, but may also be engaged. Indeed, the book as a whole seeks to open up the question of how methods contribute to the framing of change; it aims to enable change to be understood not only as complex, contradictory and uncertain, but also as everyday, routine and ongoing: as something in which methods of social research are necessarily engaged (2012: 6)

Creo que es posible entender las recientes invocaciones a la multimodalidad como un esfuerzo por producir modos de indagación que permitan abordar dominios empíricos que antes quedaban al margen de nuestras disciplinas: ¿cómo hacer etnografías de los algoritmos?, ¿cómo trazar la vida social de las obras de arte?, ¿cómo interrogar a las infraestructuras materiales que sostienen nuestros mundos sociales?… De alguna forma una propuesta de este tipo nos desafía a ser capaces de producir modos de indagación. Una propuesta que me recuerda al desafío que nos lanza Martin Savransky a aprender a aprender para ser capaces de plantear nuevas preguntas que estén a la altura de los problemas que nuestro mundo enfrenta: “How might the knowledges produced by the social sciences come to terms with this global and complex world […] Rather, it involves speculating on the possibility of inventing new and different modes of asking questions” (Savransky, 2016: 59).

Los proyectos mencionados anteriormente son sin duda ejercicios experimentales donde antropólogos y antropólogas exploran modos de hacerse preguntas con otros, interrogar los mundos en los que vivimos y narrarlos en términos distintos. Son proyectos que pulsan los límites de ese objeto que convencionalmente llamamos método para dar lugar a otros modos de relación con nuestras contrapartes y representación del conocimiento producido (o incluso más allá de la representación).

4. Políticas de la invención

Las secciones anteriores pretenden evidenciar que al hablar de multimodalidad no nos referimos solo a nuevas formas de representación que hacen uso de tecnologías digitales, el debate sobre la antropología multimodal es mucho más amplio y propone un replanteamiento del proyecto disciplinar de la antropología, una apuesta programática por encarar los desafíos del mundo presente a partir de la experimentación amplia con los modos de indagación, en todas las múltiples instancias del oficio antropológico.

Vivimos tiempos extraños y complejos en los que nos encontramos con el desafío de dotar de relevancia al oficio de la antropología (y de manera general a las ciencias sociales): ¿cómo pueden responder a las grandes problemáticas de nuestro mundo? Ese desafío que plantea Martin Savrasnky demanda ser capaces de inventar modos de hacerse preguntas que son diferentes de los actuales o, dicho de otra manera: conocer cómo debemos conocer. Una cuestión que no está desligada de la pregunta sobre cómo vivir, porque el cuidado del yo demanda un cuidado del mundo, que a su vez requiere un cuidado del conocimiento.

Conocer de otra manera reclama una renovación de las ciencias sociales que requiere de la invención y la especulación, dos actividades que han sido expulsadas de las propias ciencias sociales: “For unlike art practices, scientific practices have been historically presented as the only ones who have succeeded in becoming emancipated from the contaminating burden of human invention, imagination, intentionality, and freely engaged passion” (Savransky, 2016: 59). No es suficiente con los diagnósticos desesperanzados del presente ni los pronósticos agoreros de un futuro peor, la antropología necesita desarrollar formas de especulación que nos ayuden a salir de un presente limitado.

El concepto de especulación tiene aquí un sentido muy preciso que no tiene nada que ver con el uso común que asocia la especulación con la actividad financiera, una práctica calculadora que busca maximizar beneficios traficando con el futuro. Tampoco se refiere a la especulación como un puro ejercicio imaginativo. La especulación de la que nos habla Savransky se refiere a una práctica destinada a configurar formas de vida, para quien especular es una manera de resistir al futuro que nos dicen que va a venir, o dicho de otra manera: especular es abrir el sentido de lo posible. Querría pensar que la antropología multimodal es una propuesta programática movida por esa experiencia de urgencia, una que hace de la invención el pilar para una renovación disciplinar.

El concepto de invención (o su pariente cercana, la creatividad) no forman parte del vocabulario habitual de antropología (o las ciencias sociales), sin embargo, no es completamente ajeno. El giro retórico de la antropología nos mostró que las formas de escritura y representación de la disciplina estaban atravesadas por la poética. Frente a la idea de que la escritura antropológica nos mostraba una realidad sin mediación alguna, comenzamos a concebir los textos antropológicos como ficciones, en el sentido de obras construidas que requieren de notables dosis de creatividad.

Raramente invocamos esa creatividad e inventiva para las prácticas empíricas también, sin embargo, a poco que lo consideremos el oficio antropológico ha estado siempre atravesado de inventiva y creatividad. La investigación empírica, eso que llamamos trabajo de campo, está repleta de inventiva social. El proyecto de los Fortun así lo evidencia. No hay manual que indique cómo construir una infraestructura del tipo que ellos han diseñado, esta es resultado de un trabajo conjunto con sus contrapartes, lo que podríamos describir como el producto de su inventiva relacional. Lo mismo podemos decir de otros proyectos multimodales que son resultado de gestos de invención relacional de las antropólogas con sus contrapartes. Así es en estos casos singulares, pero también en otros momentos históricos: la observación participante es el resultado de la invención, en un determinado momento, de una forma de estar y relacionarse con las contrapartes para producir conocimiento.

Roy Wagner (2016) ya argumentó hace medio que la práctica antropológica es un ejercicio de inventiva por el cual los antropólogos inventan la cultura que dicen estar investigando. Para Wagner, los mundos sociales están atravesados por una inventiva que es consustancial, tanto como la práctica antropológica. Aunque Wagner se refiere a la condición simbólica de nuestros mundos sociales y la invención que desarrollan los antropólogos en sus análisis, podemos ampliar su argumento para pensar que el oficio antropológico es siempre un acto de invención en sus distintas instancias, desde el análisis a la representación, pasando por la práctica empírica. Las antropólogas inventan siempre sus relaciones antropológicas, en el doble sentido de esa palabra: las relaciones sociales, pero también las relaciones representacionales, los relatos del campo.

Las antropologías multimodales van a reconocer, así lo hacen Marrero y Dattatreyan, la presencia de la inventiva en los proyectos antropológicos que se desarrollan hoy en día y van a reclamar una política de la invención en la cual la antropología no se plantea como una práctica puramente descriptiva sino también performativa. Eso quiere decir que tal propuesta programática reconoce que el ejercicio antropológico contribuye a cambiar nuestras formas de existencia: “approaches to inquiri that participate in the performativity of social life—that experiment with the what is to contribute to the what may be” (Marrero y Dattatreyan, 2019: 3). La antropología multimodal es, pues, una antropología que no experimenta únicamente con lo que el mundo es, sino que a través de sus ejercicios experimentales especula con lo que este puede ser.

Referencias

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Referencias multimodales históricas

 


TOP IMAGE: Performance “The illusion of economy” (Collective Mmmmm & Ginès Olivares, 2009) at
the ethnography-based art festival Rifrazioni in Anzio-Nettuno, Rome. Picture by Francesca de Luca.