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An Ethnographic Inventory

Infraestructuras etnográficas

Remediaciones materiales para problematizar la ciudad con otras

Hacer etnografía es relacionarse con otras, gentes distintas y muy a menudo desconocidas. Lograrlo es siempre un desafío considerable que no siempre resulta exitoso. En esta invención se presenta la posibilidad de convertir el proceso de diseño de una infraestructura en el dispositivo que permite el desarrollo de una etnografía. A fin de cuentas las infraestructuras pueden ser concebidas como mundos relacionales, co-construir una infraestructura con nuestras contrapartes en el campo es una forma de desplegar las condiciones para la relación etnográfica.

Sabemos que uno de los primeros escollos al hacer etnografía es el acceso a los mundos sociales que pretendemos comprender. Los colectivos con los que trabajamos pueden ser esquivos por razones muy diversas y nosotros mismos podemos cometer errores difíciles de anticipar. ¿Qué hacer cuando no podemos acceder a los sitios que pretendemos investigar? En esta breve descripción doy cuenta de una etnografía que fracasa en su acceso y ha de inventar (o disponer) su propio contexto de relación. En ese proceso re-aprendo a desarrollar la etnografía en otros términos, acompañado de otros (contrapartes en el campo) y otras (disciplinas profesionales).

A mediados del año 2011 comencé mis primeras visitas al estudio del colectivo Basurama en Madrid, un colectivo compuesto por arquitectos en la treintena (la mayor parte hombres) cuya práctica profesional transita desde la arquitectura al arte. Su trabajo se desarrolla muy habitualmente a través de intervenciones en el espacio público realizadas en colaboración con vecinas y ciudadanos. Las visitas formaban parte de un proyecto de investigación realizado en colaboración con mi colega Alberto Corsín Jiménez. Nos interesaba esa práctica colaborativa y la particular sensibilidad para abordar la ciudad que parecían traslucir sus trabajos. Comencé por asistir con cierta periodicidad al estudio, pero a pesar de haber obtenido autorización no tardé en notar cierta incomodidad entre sus miembros hasta que pasados dos meses me solicitaron retrasar el proyecto hasta más adelante. En esa situación, junto a Alberto, decidimos proponerles participar en un proyecto conjunto. En lugar de una etnografía convencional Basurama se convirtió con otro colectivo, Zuloark, en socios del proyecto y parte integral de un proyecto formal financiado por el plan de investigación estatal.

Durante unos 18 meses mantuvimos una serie periódica de reuniones cuyo objetivo último era el diseño de nuestro proyecto conjunto y ejecución. Nos reuníamos a menudo, semanalmente, en los estudios de Basurama y Zuloark en un momento de efervescencia política e inventiva urbana que acontecía en la ciudad. Las asambleas del 15M, los huertos urbanos comunitarios que habían proliferado por la ciudad y toda una serie de espacios auto-gestionados daban cuenta de vecinas que habían decidido hacerse cargo de los asuntos urbanos. Los encuentros con Basurama y Zuloark ponían sobre la mesa todos esos proyectos que de maneras diversas problematizaban el diseño experto de la ciudad y dejaban en evidencia, como hacían las prácticas de Basurama y Zuloark, que la ciudad puede ser diseñada por saberes tradicionales nos institucionalizados.

Las reuniones formales dieron después lugar a encuentros informales en distintos lugares de la ciudad donde se reflexionaba sobre asuntos urbanos (La Mesa de gestión ciudadana del espacio público). De unas y otras surgieron varios proyectos a través de los cuales se ampliaba nuestra relación, uno de ellos fue una serie de seminarios y encuentros organizados en el centro de arte Intermediae (Citykitchen). Cuando estábamos a punto de finalizar el proyecto sin haber llegado a materializarlo sustantivamente logramos financiación del Museo Reina Sofía para continuar con nuestra investigación. La situación nos obligó a concretar buena parte del trabajo conceptual que habíamos desarrollado hasta entonces y lo hicimos a través de Ciudad Escuela. Un proyecto dedicado a los aprendizajes para hacer ciudad, lo hemos descrito como un experimento de pedagogía urbana de código abierto.

Ciudad Escuela se sostenía sobre tres pilares: (i) una serie de talleres de aprendizaje abiertos a la participación que se desarrollaron en diversos espacios e iniciativas ciudadanas de la ciudad, (ii) una metodología de aprendizaje que hacía de la ambulación por la ciudad uno de sus pilares, y (iii) una infraestructura digital en Internet que apoyaba la documentación de los aprendizajes y la acreditación de estos. Ciudad Escuela proponía varios itinerarios de aprendizaje que estaban organizados en temáticas que iban desde los urbanismos en beta que traen a la ciudad un impulso experimental a los des-plazamientos (y nuevos emplazamientos) para aprender a hacer ciudad, o las interfaces que redefinen el espacio público urbano recableándolo.

Cuando Ciudad Escuela vio la luz llevábamos más de tres años de etnografía y para entonces habíamos desarrollado un vocabulario conceptual de la ciudad descubierta que pasó a formar parte del mismo proyecto. Los nombres de los itinerarios y módulos de aprendizaje eran en parte una decantación etnográfica: urbanismos en beta, archivos urbanos, infraestructuras abiertas… La configuración material y la propuesta conceptual de Ciudad Escuela era el resultado de dos prácticas profesionales y sensibilidades distintas: aunaba en su diseño y configuración la práctica constructiva de la arquitectura (de ahí los talleres, la vocación pedagógica, etc.) y la aspiración descriptiva de la antropología (vocabulario, narrativa, etc.). En cierta medida, Ciudad Escuela era una etnografía convertida en infraestructura. Una infraestructura que habilitaba el desarrollo de esa misma etnografía.

Una infraestructura destinada al aprendizaje de hacer ciudad, era también una infraestructura que me enseñaba a practicar la etnografía por otros medios. Muy distinto de etnografías que podrían describirse fielmente como ejercicios de observación, aquí el trabajo de campo había demandado el diseño de espacios de encuentro y la creación de una infraestructura material. Acompañados y acompañando a otra disciplina (la arquitectura), nos acompañábamos de otros en la tarea conjunta de problematizar la ciudad. Bien podríamos decir que Ciudad Escuela nos ofrecía una infraestructura para problematizar la ciudad con otros.

Imágenes
Imagen 1: Proyecto ‘Las mesas de Citykitchen, desarrollado en Intermediae (Madrid) en 2014. Imagen 2: Un taller de autoconstrucción del proyecto Ciudad Huerto en el huerto de Adelfas (Madrid) en 2017. Imagen 3: Representación en el espacio auto-gestionado El Campo de Cebada (Madrid). Imagen 4: gradas autoconstruidas en El Campo de Cebada (Madrid).